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Nakba, 75 años: el “suma y sigue” de un crimen de lesa humanidad

Nakba, 75 años: el “suma y sigue” de un crimen de lesa humanidad

Hace 75 años, el 14 de mayo de 1948 David Ben Gurión declaró la “independencia” de Estado de Israel. Un dia después, el Reino Unido, la potencia administradora, abandonó Palestina: la catástrofe, la Nakba. Inmediatamente, los ejércitos de los países árabes vecinos invadieron el territorio de aquel recién proclamado Estado de Israel iniciando así la primera de las guerras árabes-israelíes. Sigue leyendo... 

Un año antes, en 1947, las Naciones Unidas habían aprobado el Plan de partición de la Palestina histórica, entonces protectorado bajo mandato británico, que no fue aceptada ni por los radicales sionistas (grupos calificados de terroristas en su mayoría) ni por el mundo árabe en su conjunto. Los primeros no la aceptaban porque se arrogaban el derecho de posesión de la tierra que artera y violentamente estaban usurpando. Los segundos, especialmente los palestinos, que, con razón, no concebían por qué debían aceptar la partición de su tierra con quienes se la estaban robando, literalmente a sangre y fuego, masacrándoles y expulsándoles de sus casas y pueblos.

La partición se planteó, además, en términos territoriales bastante injustos, según las bondades y recursos de la tierra a dividir entre una y otra parte y desproporcionales a la población asentada en el territorio: en aquel momento el 65% de la población de Palestina era nativa árabe; el 35% judía con procedencias dispares. Por el contrario, en el reparto propuesto, el 55% del territorio correspondía a la parte judía y el resto a la árabe, excepción hecha de Jerusalén y Belén que, junto a sus espacios circundantes, pasarían a ser considerados “zona internacional”.

Ese 65% de árabes, por cierto, devotos de dos religiones: la musulmana y la cristiana y también de alguna forma la judía, pues eran muchas las personas que profesaban esta religión nacidas en Palestina y que convivían en la paz de los usos y costumbres de Oriente Medio, no solo en Palestina, sino en todos los países del próximo oriente como Irak, Siria, Yemen y otros; es lo que hoy, con muchos reparos y diversas connotaciones se conoce como “judíos orientales…” y que algunos autores han denominado sin tapujos “árabes judíos”, que fueron prácticamente fagocitados a la sazón por la minoría askenazi europea que iba llegando al territorio. De hecho, los judíos nacidos en Palestina se llamaban entonces a sí mismos “palestinos”, para diferenciarse en la raíz, de aquellos que iban llegando. Obviamente ellos corrieron una mejor suerte, muy diferente a la de sus vecinos árabes, fuesen musulmanes o cristianos.

El 35% restante, judíos europeos, en su mayoría procedentes de Europa central y oriental, llegados poco a poco a partir de principios del siglo XX y del periodo de entreguerras, a los que fueron sumándose los desplazados y supervivientes del Holocausto. Después de ellos y hasta nuestros días, engrosan la cifra los judíos de todo el mundo, que, por el simple hecho de serlo, pueden convertirse de pleno derecho en ciudadanos de Israel, aunque con matices en la práctica política, económica y en la escala social: los askenazis de origen europeo constituyen de facto la clase preeminente en la sociedad israelí; por detrás, los judíos sefarditas, orientales, magrebíes y etíopes.

Aquel Plan de partición no salió de la nada. Hunde sus raíces en la declaración Balfour de 1917 que anuncia en nombre de la corona británica, el apoyo a la creación de un “hogar nacional judío” en las tierras del mandato de Palestina, entonces formado tras la desmembración del imperio otomano, por las dos regiones que separa el río Jordán: la Transjordania (hoy Reino de Jordania) y Palestina. Fue a esta última a donde empezaron a llegar los judíos de cualquier parte, con la voluntad de hallar la sagrada tierra que su dios les había prometido y con el convencimiento pleno de que era suya: “el Aliyá” el retorno a Sion, que venía predicando el movimiento creado por Theodor Herzl desde el siglo XIX, el sionismo, del que la mayoría eran fieles seguidores.

Así que la catástrofe, la trágica Nakba, no comenzó el 15 de mayo de 1948, comenzó en noviembre de 1917 con la Declaración Balfour y esta, con las ideas nacionalistas excluyentes, intolerantes, supremacistas y racistas imperantes en el siglo XIX que el sionismo eleva y hace propias, alimentadas y vigorizadas a su vez por la secular intolerancia cristiana europea hacia los judíos. Ideas nacionalistas que el sionismo encarna en el territorio mítico donde nace su fe religiosa y que dirige contra sus legítimos habitantes, sus también ancestrales y míticos antagonistas, aunque hermanos bíblicos: los descendientes de Ismael en contraposición a los de Jacob de los que se sienten herederos, ambos hijos del patriarca Abraham, padre místico de judíos, musulmanes y cristianos.

Con la declaración Balfour se inicia el “gran reemplazo” en Palestina. Si, el “gran reemplazo”, esa “teoría” fascista que inunda la ideología actual de las derechas en Europa y en América según la cual, en esas tierras, los musulmanes y negros africanos (en Europa) y la gente latina (en norteamérica, concretamente en los Estados Unidos), sustituirán a la población blanca étnica, cultural y hasta religiosamente a través de la migración incontrolada.

Lo que se obvia y oculta es que ese “gran reemplazo” pero de signo contrario ya se ha dado en la historia reciente (siglos de colonialismo; recuérdese Sudáfrica, los propios Estados Unidos, Australia….) y se sigue dando hoy día en Palestina, en donde una población, mayoritariamente externa, de origen centroeuropeo y sus descendientes ya nacidos o no en lo que conocemos como Israel, ha sustituido y sigue intentando por todos los medios posibles, reemplazar a la población original del territorio. Ocupando palmo a palmo, hectárea a hectárea la tierra (hablamos de los asentamientos, de las colonias legales e ilegales que promueve, alienta y facilita el supuesto estado democrático israelí en las zonas ocupadas de Jerusalén y Cisjordania y en las que también supuestamente están bajo control de la Autoridad Nacional Palestina, según los Acuerdos de Oslo de 1993); apropiándose de su cultura, de su folklore, de su gastronomía, incluso de los topónimos y modismos del árabe coloquial palestino y de todo aquello que identifica a un pueblo, a una manera de vivir y a una historia secular.

Han hebraizado los nombres de pueblos y aldeas, construidas de nueva planta sobre las ruinas de las que un dia existieron plenas de vida común y comunal y que destruyeron, exterminando y/o enviando a sus habitantes al exilio; convirtiendolos en refugiados en los países vecinos o las más de las veces en su propio país, confinados en campos de refugiados que llevan el nombre de los añorados pueblos perdidos, y que no son más que míseros barrios integrados en ciudades como Belén, Qalquilia, Tulkarem, Jenin, Nablus y muchas más. Otros, los que quedaron dentro de las fronteras de Israel, son ciudadanos de tercera, con menos derechos, menos servicios públicos y siempre sospechosos.

No contentos con eso, construyeron un muro de hormigón de siete metros de altura y cientos de kilómetros de recorrido alrededor de toda Cisjordania e incluso en el mismo interior de las

propias ciudades cisjordanas, dividiéndolas en su perímetro, haciendo imposible la continuidad natural entre ellas y aprisionando a su población. También Gaza está cercada por tierra lo que junto con su vigilada costa convierte sus 365 km2 en el mayor campo de concentración del mundo, como ha sido calificado con frecuencia, para una población de cerca de 2 millones de personas.

Y casi han logrado el “gran reemplazo”, salvo porque, a pesar del archipiélago que hoy día es la Palestina de los palestinos, absolutamente bloqueada, dispersa, incomunicada, oprimida, atacada un dia sí y otro también, el pueblo palestino, el más valiente del mundo y de la historia contemporánea sin lugar a la menor duda, lo impide día a día, a costa de su sufrimiento y de su propia vida. Un pueblo que desde hace 75 años está resuelto a no desaparecer a seguir vivo y ser uno más entre los pueblos del mundo. Es una lucha por la subsistencia como pueblo, contra su extinción.

Con la sonrisa franca y directa de sus jóvenes cuando son detenidos por el hecho de serlo; con el coraje de sus niños y niñas cuando son amenazados, sin ningún tipo vergüenza por los soldados armados del ejército ocupante; con el valor de sus mujeres que no dudan en enfrentarse al invasor cuando derriban sus casas, queman sus campos y talan sus olivos; con la templanza de sus ancianos para aguantar con dignidad las humillaciones que a diario sufren en cada check point; con la firmeza de toda la población ante las restricciones de agua y de suministro eléctrico, ante los vertidos fecales de los colonos en sus huertos, los cortes intencionados en las carreteras (con bloques de hormigón), las incursiones nocturnas y arbitrarias del ejército israelí en las ciudades y aldeas de Cisjordania, los bombardeos periódicos en Gaza y los “asesinatos selectivos” siempre con daños colaterales que suman muertos inocentes.

Hay que decirlo: el pueblo palestino es ejemplo luminoso, verdadero, constante y fehaciente para todos los pueblos oprimidos (OPRIMIDOS CON MAYÚSCULAS) en todo el planeta y su lucha, una esperanza para la humanidad.

Porque a partir de 1948 (desde años antes en realidad, aun bajo en protectorado británico), el nuevo estado que se constituye el 14 de mayo de aquel año sobre un país usurpado a la fuerza solo tiene por objetivo borrar de la faz de la tierra la simple existencia de las personas que se reconocen y consideran a sí mismas como palestinas, es decir, su misma vida y como tal, la de su pueblo.

La idea central es culminar el “reemplazo” y hacerlo con la anuencia del mundo a través de la exposición reiterativa y rastrera de argumentos y supuestas razones que justifican el crimen contra un pueblo. Desde la culpa europea por el Holocausto y toda la inercia sociopolítica e histórica que llevó a él a lo largo de los siglos, a otras “razones” cuidadosamente construidas, diseñadas y comunicadas ad hoc a partir de los intereses creados por los grandes lobbies económicos internacionales y sus vasallos políticos; las estrategias e intereses geopolíticos de los poderes centrales en Oriente Medio, herederos de una visión colonialista que se fundamenta, además de en esos espurios intereses, en una rancia y simple supremacía de los valores cristianos y “occidentales”, en contraposición a todos los demás (entiéndase en este caso, la xenofobia hacia lo árabe, que tan pronto es percibido como aliado cuando interesa que como enemigo cuando no).

En definitiva, cosificar y clasificar al pueblo palestino desposeyéndole de su propio ser y de todo lo que es y ha sido suyo. Confiriéndole toda indignidad, presentándolo ante el mundo como el malo-malísimo de la película, y al que hay que apartar, aislar, diluir y someter, por no decir,

exterminar. Esto se llama genocidio cultural. Eso es pura y simplemente apartheid. No hay que darle muchas vueltas y es lo que acontece en Palestina todos y cada uno de los días desde hace 75 años.

Ya lo dijo Golda Meir, ucraniana de nacimiento, primera ministra de Israel entre 1969 y 1974, y mujer muy laureada, que el “pueblo palestino no existe” y añadió que los árabes de la zona “ya tienen su país en Jordania”, dando por hecho que entre el río Jordán y el mar Mediterráneo, de este a oeste, y entre las fronteras con Egipto y Siria (con territorios ocupados también durante décadas: altos de Golán, Sinaí etc..) y Líbano, solo cabe el Estado de Israel. De hecho, es símbolo de esa visión, las franjas azules que enmarcan la estrella de David en su bandera. Y el objetivo es ese y no otro: de ahí la persistencia de la ocupación, del aumento de las colonias y la integración de facto de tierras palestinas al Estado de Israel, hasta hacer desaparecer el último terrón de tierra palestina, el último olivo. De ahí las guerras en Oriente Medio, con el afán también de crear un lebensraum, un “espacio seguro” en torno a Israel. De ahí los acuerdos de Abraham con algunos países árabes del Golfo y otros y de ahí toda la maquinaria propagandística a favor de Israel, que tiene en la acusación de antisemitismo, la mejor baza para acusar, vilipendiar y apartar a cualquiera (persona o país) que se atreva a denunciar su impunidad ante las tropelías que viene cometiendo desde su mismo nacimiento. Israel no ha acatado ninguna de las decenas de resoluciones de las Naciones Unidas que le han afectado. Se diría que se le ha conferido “patente de corso” para hacer lo que quiera impunemente, sin atisbo de crítica o sanción.

Golda Meir en su tiempo, no hablaba de un Estado de Israel judío, solo judío y para los judíos. Entonces, como ahora, parte de la ciudadanía israelí es no judía: los árabes musulmanes o cristianos representan el 21,1% de su población y los drusos, otras poblaciones cristianas y circasianos entre otros grupos minoritarios, suponen un 5,3%. Pero en 2018 a propuesta del primer ministro Benjamín Netanyahu, el parlamento israelí, la Kneset, aprobó la Ley Básica del Estado-Nación Judío, según la cual se declara a «la Tierra de Israel como la patria histórica del pueblo judío» y a Israel como «el Estado-nación del pueblo judío», en referencia a todos los judíos del mundo, quedando el resto de comunidades no judías excluidas, ya que el Estado no se define como de todos sus ciudadanos, sino solo de aquellos que sean judíos, así fueren laicos o creyentes

Esta es la “vibrante democracia”, el “sueño hecho realidad” que homenajeó y saludó con todos los honores Ursula Von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, el pasado 26 de abril, celebrando los 75 años del Estado de Israel. Vergüenza de esta Europa cómplice; Estados Unidos patrocinador; el resto del mundo, a lo suyo, con variados intereses, con temor a quién sabe qué represalias en algunos casos y en otros, mirando hacia otro lado más confortable. No así una ciudadanía global que mayoritariamente está al lado del pueblo de Palestina y que no ceja en denunciar su situación y en emprender acciones e iniciativas en su apoyo.

5 millones de refugiados; decenas de miles de muertos; miles de encarcelados sin siquiera tener acusación formal (detención administrativa le dicen); miles de personas desplazadas; miles de casas derruidas; centenares de infraestructuras básicas destruidas; incontables propiedades y tierras confiscadas y campos de cultivo destrozados e inutilizados; Jerusalén Este cada día más asimilada y apropiada por colonos que desplazan con violencia y mil artimañas a sus habitantes de siempre, con la inestimable colaboración de la legislación local y de los poderes públicos ….suma y sigue…. Por eso y por mucho más, la Nakba continúa, más intensa y catastrófica si cabe. Es el presente.

Pero a pesar de todo Palestina sigue y seguirá ahí. La demografía ayuda. El pueblo palestino ha resistido 75 años y seguirá resistiendo con la razón, hasta su último aliento ante la indiferencia del mundo “oficial” (la falsa e interesada “comunidad internacional); con orgullo y dignidad. Con aquella mirada franca y directa, sin perder la sonrisa. Ya ha ganado: la victoria es suya.

Jose Luis Corrionero H. | 10 de mayo de 2023

 

 

 

 

  

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